Apuesto a la alegría
Es como un hormiguero. Como un popurrí de sensaciones que he tocado a la vez y todas se disparan al centro del corazón y de las emociones. Sanar con prisa, intentar adelantar una etapa de transformación es un error. La sanación camina su propio ritmo. Yo, ilusa en el proceso, intenté pasar el camino más rápido de la cuenta y lo que he hecho ha sido, revolver el gallinero. Tengo muchas gavetas abiertas, imágenes hirientes del pasado que ni sabía vivas. Manos, bocas, palabras que dolieron y que han salido en terapias de sanación, para demostrarme todos los recuerdos que están escondidos en la piel, en los ojos cerrados.

Mirar el pasado para revivir y llorar es un asunto peligroso. Si cuando se hace, no se tiene al lado una chiringa lista para subirla al cielo, una buena comedia para reír, una mano amiga que te recuerde lo maravilloso que han sido tus días. Mirar el pasado para volver a llorar las penas, tiene su valentía. Pero también, tiene mucho de morbo, cuando no se recupera el alma de tanto dolor y lo que haces es investigar como "detective en la noche" las espinas de tu tallo.
Insisto en que la vida tiene una gran puerta abierta para la felicidad. Y cuando una revuelca la tristeza, esa puerta se pone chiquita y se va esfumando.
Existen teorías del proceso de sombras, del lado oscuro del corazón, de cómo enfrentar tus fantasmas. Hay escuelas que estudian la importan
cia de enfrentarte a esa parte de una que no es bonita, de mirarla, sanarla y volver a renacer. A mí me hace lógica, desde el punto de vista intelectual. Pero desde el punto de vista vivencial es terrible. Llegar a una oficina cada semana para echarte a llorar, para dar con un bate contra un cojín, para sollozar desconsolada porque un amor te maltrató hace 15 años, eso es más traumático que llegar al pasado. Es diluir la posibilidad de buscar la alegria "aquí y ahora". Respeto a los sanadores que creen en este tipo de tratamiento, pero a mí que me den un arcoiris para pintármelo a la piel, un camino lleno de árboles para correr en bici, una cocina para hacer el almuerzo y alimentar a 6 bocas hambrientas.
Eso para mí es más sanador que contar tus penas a un desconocido, derramando lágrimas duras, cuando sabes que detrás de las ventanas hay trinitarias. Quiero mirar mi vida desde la alegría y enfrentar con una sonrisa mis encrucijadas, aunque luego me tenga que limpiar las lágrimas con el brazo.
Naguabo, 27 de marzo de 2007